jueves, 18 de enero de 2018

ANACLETO MORONES DE JUAN RULFO: UNA JOYA DE LA LITERATURA LATINOAMERICANA

Juan Rulfo
(México, 1918-1986)

Anacleto Morones
(El Llano en llamas, 1953)




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        ¡Viejas, hijas del demonio! Las vi venir a todas juntas, en procesión. Vestidas de negro, sudando como mulas bajo el mero rayo del sol. Las vi desde lejos como si fuera una recua levantando polvo. Su cara ya ceniza de polvo. Negras todas ellas. Venían por el camino de Amula, cantando entre rezos, entre el calor, con sus negros escapularios grandotes y renegridos, sobre los que caía en goterones el sudor de su cara.
        Las vi llegar y me escondí. Sabía lo que andaban haciendo y a quién buscaban. Por eso me di prisa a esconderme hasta el fondo del corral, coriendo ya con los pantalones en la mano.
        Pero ellas entraron y dieron conmigo. Dijeron: “¡Ave María Purísima!”
        Yo estaba acuclillado en una piedra, sin hacer nada, solamente sentado allí con los pantalones caídos, para que ellas me vieran así y no se me arrimaran. Pero sólo dijeron: “¡Ave María Purísima!” Y se fueron acercando más.
        ¡Viejas indinas! ¡Les debería dar vergüenza! Se persignaron y se arrimaron hasta ponerse junto a mi, todas juntas, apretadas como en manojo, chorreando sudor y con los pelos untados a la cara como si les hubiera lloviznado.
        —Te venimos a ver a ti, Lucas Lucatero. Desde Amula venimos, sólo por verte. Aquí cerquita nos dijeron que estabas en tu casa; pero no nos figuramos que estabas tan adentro; no en este lugar ni en estos menesteres. Creímos que habías entrado a darle de comer a las gallinas, por eso nos metimos.Venimos a verte.
        ¡Esas viejas! ¡Viejas y feas como pasmadas de burro!
        —¡Dígame qué quieren! —les dije, mientras me fajaba los pantalones y ellas se tapaban los ojos para no ver.
        —Traemos un encargo. Te hemos buscado en Santo Santiago y en Santa Inés, pero nos informaron que ya no vivías allí, que te habías mudado a este rancho. Y acá venimos. Somos de Amula.
        Yo ya sabía de dónde eran y quiénes eran; podía hasta haberles recitado sus nombres, pero me hice el desentendido.
        —Pues si Lucas Lucatero, al fin te hemos encontrado, gracias a Dios.
        Las convidé al corredor y les saqué unas sillas para que se sentaran. Les pregunte que Si tenían hambre o que si querían aunque fuera un jarro de agua para remojarse la lengua.
        Ellas se sentaron, secándose el sudor con escapularios.
        —No, gracias —dijeron—. No venimos a darte molestias. Te traemos un encargo. ¿Tu me conoces, verdad, Lucas Lucatero? —me preguntó una de ellas.
        —Algo—le dije — Me parece haberte visto en alguna parte. ¿No eres, por casualidad, Pancha Fregoso, la que se dejó robar por Homobono Ramos?
        —Soy, si, pero no me robó nadie. esas fueron puras maledicencias. Nos perdimos los dos buscando garambullos. Soy congregante y yo no hubiera permitido de ningún modo...
        —¿Qué, Pancha?
        —¡Ah!, cómo eres mal pensado, Lucas. Todavía no se te quita lo de andar criticando gente. Pero, ya que me conoces, quiero agarrar la palabra para comunicarte a lo que venimos.
        —¿ No quieren ni siquiera un jarro de agua? —les volví a preguntar.
        —No te molestes. Pero ya que nos ruegas tanto, no te vamos a desairar.
        Les traje una jarra de agua de arrayán y se la bebieron. Luego les traje otra y se la volvieron a beber. Entonces les arrimé un cántaro con agua del río. Lo dejaron allí, pendiente, para dentro de un rato, porque, según ellas, les iba a entrar mucha sed cuando comenzara a hacerles la digestión.
        Diez mujeres, sentadas en hilera, con sus negros vestidos puercos de tierra. Las hijas de Ponciano, de Emiliano, de Crescenciano, de Toribio el de la taberna y de Anastasio el peluquero.
        ¡Viejas carambas! Ni una siquiera pasadera. Todas caídas por los cincuenta. Marchitas como floripondios engarruñados y secos. Ni de dónde escoger.
        —¿Y qué buscan por aquí?
        —Venimos a verte.
        —Ya me vieron. Estoy bien. Por mí no se preocupen.
        —Te has venido muy lejos. A este lugar escondido. Sin domicilio ni quien dé razón de ti. Nos ha costado trabajo dar contigo después de mucho inquirir.
        —No me escondo. Aquí vivo a gusto, sin la moledera de la gente. ¿Y qué misión traen, si se puede saber? —les pregunté.
        —Pues se trata de esto... Pero no te vayas a molestar en darnos de comer. Ya comimos en casa de la Torcacita. Allí nos dieron a todas. Así que ponte en juicio. Siéntate aquí enfrente de nosotras para verte y para que nos oigas.
        Yo no me podía estar en paz. Quería ir otra vez al corral. Oía el cacareo de las gallinas y me daban ganas de ir a recoger los huevos antes que se los comieran los conejos.
        —Voy por los huevos —les dije.
        —De verdad que ya comimos. No te molestes por nosotras.
        —Tengo allí dos conejos sueltos que se comen los huevos. Orita regreso.
        Y me fui al corral.
        Tenía pensado no regresar. Salirme por la puerta que daba al cerro y dejar plantada a aquella sarta de viejas canijas.
        Le eché una miradita al montón de piedras que tenía arrinconado en una esquina y le vi la figura de una sepultura. Entonces me puse a desparramarlas, tirándolas por todas partes, haciendo un reguero aquí y otro allá. Eran piedras de río, boludas, y las podía aventar lejos. ­¡Viejas de los mil judas ! Me habían puesto a trabajar. No sé por qué se les antojó venir.
        Dejé la tarea y regresé. Les regalé los huevos.
        ¿Mataste los conejos? Te vimos aventarles de pedradas. Guardaremos los huevos para dentro de un rato. No debías haberte molestado.
        —Allí en el seno se pueden empollar, mejor déjenlos afuera.
        —¡Ah, cómo serás!, Lucas Lucatero. No se te quita lo hablantín. Ni que estuviéramos tan calientes.
        —De eso no sé nada. Pero de por sí está haciendo calor acá afuera
        Lo que yo quería era darles largas. Encaminarlas por otro rumbo, mientras buscaba la manera de echarlas fuera de mi casa y que no les quedaran ganas de volver. Pero no se me ocurría nada.
        Sabía que me andaban buscando desde enero, poquito después de la desaparición de Anacleto Morones. No faltó alguien que me avisara que las viejas de la Congregación de Amula andaban tras de mí. Eran las únicas que podían tener algún interes en Anacleto Morones. Y ahora allí las tenía.
        Podía seguir haciéndoles plática o granjeándomelas de algún modo hasta que se les hiciera de noche y tuvieran que largarse. No se hubieran arriesgado a pasarla en mi casa.
        Porque hubo un rato en que se trató de eso: cuando la hija de Ponciano dijo que querían acabar pronto su asunto para volver temprano a Amula. Fue cuando yo les hice ver que por eso no se preocuparan, que aunque fuera en el suelo había allí lugar y petates de sobra para todas. Todas dijeron que eso sí no, porque qué iría a decir la gente cuando se enteraran de que habían pasado la noche solitas en mi casa y conmigo allí dentro. Eso sí que no.
        La cosa, pues, estaba en hacerles larga la plática,hasta que se les hiciera de noche, quitándoles la idea que les bullía en la cabeza. Le pregunté a una de ellas:
        —¿Y tu marido qué dice?
        —Yo no tengo marido, Lucas. ¿No te acuerdas que fui tu novia? Te esperé y te esperé y me quedé esperando. Luego supe que te habías casado. Ya a esas alturas nadie me quería.
        —¿Y luego yo? Lo que pasó fue que se me atravesaron otros pendientes que me tuvieron muy ocupado; pero todavía es tiempo.
        —Pero si eres casado, Lucas, y nada menos que con la hija del Santo Niño. ¿Para qué me alborotas otra vez? Yo ya hasta me olvidé de ti.
        —Pero yo no. ¿Cómo dices que te llamabas?
        —Nieves... Me sigo llamando Nieves. Nieves García. Y no me hagas llorar, Lucas Lucatero. Nada más de acordarme de tus melosas promesas me da coraje.
        —Nieves... Nieves. Cómo no me voy a acordar de ti. Si eres de lo que no se olvida... Eras suavecita. Me acuerdo. Te siento todavía aquí en mis brazos. Suavecita. Blanda. El olor del vestido con que salías a verme olía a alcanfor. Y te arrejuntabas mucho conmigo. Te repegabas tanto que casi te sentía metida en mis huesos. Me acuerdo.
        —No sigas diciendo cosas, Lucas. Ayer me confesé y tú me estás despertando malos pensamientos y me estás echando el pecado encima.
        —Me acuerdo que te besaba en las corvas. Y que tú decías que allí no, porque sentías cosquillas. ¿Todavía tienes hoyuelos en la corva de las piernas?
        —Mejor cállate, Lucas Lucatero. Dios no te perdornará lo que hiciste conmigo. Lo pagarás caro.
        —¿Hice algo malo contigo? ¿Te traté acaso mal?
        —Lo tuve que tirar. Y no me hagas decir eso aquí delante de la gente. Pero para que te lo sepas lo tuve que tirar. Era una cosa así como un pedazo de cecina. ¿Y para qué lo iba a querer yo, si su padre no era más que un vaquetón?
        —¿Conque eso pasó? No lo sabía. ¿No quieren otra poquita de agua de arrayán? No me tardaré nada en hacerla. Espérenme nomás.
        Y me fui otra vez al corral a cortar arrayanes.Y allí me entretuve lo más que pude, mientras se le bajaba el mal humor a la mujer aquella. Cuando regresé ya se había ido.
        —¿Se fue?
        —Si, se fue. La hiciste llorar.
        —Sólo quería platicar con ella nomás por pasar el rato. ¿Se han fijado cómo tarda en llover? allá en Amula ya debe haber llovido, ¿no?
        —Si, anteayer cayó un aguacero.
        —No cabe duda de que aquel es un buen sitio. Llueve bien y se vive bien. A fe que aquí ni las nubes se aparecen. ¿Todavía es Rogaciano el presidente municipal?
        —Si, todavía.
        —Buen hombre ese Rogaciano.
        —No. Es un maldoso.
        —Puede que tengan razón. ¿Y qué me cuentan de Edelmiro, todavía tiene cerrada su botica?
        —Edelmiro murió. Hizo bien en morirse, aunque me está mal el decirlo; pero era otro maldoso. Fue de los que le echaron infamias al Niño Anacleto. Lo acusó de abusionero y de brujo y engañabobos. De todo eso anduvo hablando en todas partes. Pero la gente no le hizo caso y Dios lo castigó. Se murió de rabia como los huitacoches.
        —Esperemos en Dios que esté en el infierno.
        —Y que no se cansen los diablos de echarle leña.
        —Lo mismo que a Lirio López, el juez, que se puso de su parte y mandó al Santo Niño a la cárcel.
        Ahora eran ellas las que hablaban. Las deje decir todo lo que quisieran. Mientras no se metieran conmigo, todo iría bien. Pero de repente se les ocurrió preguntarme:
        —¿Quieres ir con nosotras?
        —¿A dónde?
        —A Amula. Por eso venimos. Para llevarte.
        Por un rato me dieron ganas de volver al corral.Salirme por la puerta que da al cerro y desaparecer.¡Viejas infelices!
        —¿Y qué diantres Voy a hacer yo a Amula?
        —Queremos que nos acompañes en nuestros ruegos. Hemos abierto, todas las congregantes del Niño Anacleto, un novenario de rogaciones para pedir que nos lo canonicen. Tú eres su yerno y te necesitamos para que sirvas de testimonio. El señor cura nos encomendó le lleváramos a alguien que lo hubiera tratado de cerca y conocido de tiempo atrás, antes que se hiciera famoso por sus milagros. Y quién mejor que tú, que viviste a su lado y puedes señalar mejor que ninguno las obras de misericordia que hizo. Por eso te necesitamos, para que nos acompañes en esta campaña.
        ¡Viejas carambas! Haberlo dicho antes.
        —No puedo ir —les dije —. No tengo quien me cuide la casa.
        —Aquí se van a quedar dos muchachas para eso,lo hemos prevenido. Además está tu mujer.
        —Ya no tengo mujer.
        —¿Luego la tuya? ¿La hija del Niño Anacleto?
        —Ya se me fue. La corrí.
        —Pero eso no puede ser. Lucas Lucatero. La pobrecita debe andar sufriendo. Con lo buena que era. Y lo jovencita. Y lo bonita. ¿Para dónde la mandaste, Lucas? Nos conformamos con que siquiera la hayas metido en el convento de las Arrepentidas.
        —No la metí en ninguna parte. La corrí. Y estoy seguro de que no está con las Arrepentidas; le gustaban mucho la bulla y el relajo. Debe de andar por esos rumbos, desfajando pantalones.
        —No te creemos, Lucas, ni así tantito te creemos. A lo mejor está aquí, encerrada en algún cuarto de esta casa rezando sus oraciones. Tú siempre fuiste muy mentiroso y hasta levantafalsos. Acuérdate,Lucas, de las pobres hijas de Hermelindo, que hasta se tuvieron que ir para El Grullo porque la gente les chiflaba la canción de “Las güilotas” cada vez que se asomaban a la calle, y sólo porque tú inventaste chismes. No se te puede creer nada a ti, Lucas Lucatero.
        —Entonces sale sobrando que yo vaya a Amula.
        —Te confiesas primero y todo queda arreglado. ¿Desde cuándo no te confiesas?
        —¡Uh!, desde hace como quince años. Desde que me iban a fusilar los cristeros. Me pusieron una carabina en la espalda y me hincaron delante del cura y dije allí hasta lo que no había hecho. Entonces me confesé hasta por adelantado.
        —Si no estuviera de por medio que eres el yerno del Santo Niño, no te vendríamos a buscar, contimás te pediriamos nada. Siempre has sido muy diablo, Lucas Lucatero.
        —Por algo fui ayudante de Anacleto Morones.Él sí que era el vivo demonio.
        —No blasfemes.
        —Es que ustedes no lo conocieron.
        —Lo conocimos como santo.
        —Pero no como santero.
        —¿Qué cosas dices, Lucas?
        —Eso ustedes no lo saben; pero él antes vendía santos. En las ferias. En la puerta de las iglesias. Y yo le cargaba el tambache. Por allí íbamos los dos, uno detrás de otro, de pueblo en pueblo. El por delante y yo cargándole el tambache con las novenas de San Pantaleón, de San Ambrosio y de San Pascual, que pesaban cuando menos tres arrobas.
        “Un día encontramos a unos peregrinos. Anacleto estaba arrodillado encima de un hormiguero, enseñándome cómo mordiéndose la lengua no pican las hormigas. Entonces pasaron los peregrinos. Lo vieron. Se pararon a ver la curiosidad aquella. Preguntaron: ‘¿Cómo puedes estar encima del hormiguero sin que te piquen las hormigas?’
        “Entonces él puso los brazos en cruz y comenzó a decir que acababa de llegar de Roma, de donde traía un mensaje y era portador de una astilla de la Santa Cruz donde Cristo fue crucificado.
        “Ellos lo levantaron de allí en sus brazos. Lo llevaron en andas hasta Amula. Y allí fue el acabóse; la gente se postraba frente a él y le pedía milagros.
        “Ese fue el comienzo. Y yo nomás me vivía con la boca abierta, mirándolo engatusar al montón de peregrinos que iban a verlo.”
        —Eres puro hablador y de sobra hasta blasfemo. ¿Quién eras tú antes de conocerlo? Un arreapuercos. Y él te hizo rico. Te dio lo que tienes. Y ni por eso te acomides a hablar bien de él. Desagradecido.
        —Hasta eso, le agradezco que me haya matado el hambre, pero eso no quita que él fuera el vivo diablo. Lo sigue siendo, en cualquier lugar donde esté.
        —Está en el cielo. Entre los ángeles. Allí es donde está, más que te pese.
        —Yo sabía que estaba en la cárcel.
        —Eso fue hace mucho. De allí se fugó. Desapareció sin dejar rastro. Ahora está en el cielo en cuerpo y alma presentes. Y desde allá nos bendice. Muchachas, ¡arrodíllense! Recemos el “Penitentes somos, Señor” para que el Santo Niño interceda por nosotras.
        Y aquellas viejas se arrodillaron, besando a cada padrenuestro el escapulario donde estaba bordado el retrato de Anacleto Morones.
        Eran las tres de la tarde.
        Aproveché ese ratito para meterme en la cocina y comerme unos tacos de frijoles. Cuando salí ya sólo quedaban cinco mujeres.
        —¿Qué se hicieron las otras? —les pregunté.
        Y la Pancha, moviendo los cuatro pelos que tenía en sus bigotes, me dijo:
        —Se fueron. No quieren tener tratos contigo.
        —Mejor. Entre menos burros más olotes. ¿Quieren más agua de arrayán?
        Una de ellas, la Filomena que se había estado callada todo el rato y que por mal nombre le decían la Muerta, se culimpinó encima de una de mis macetas y, metiéndose el dedo en la boca, echó fuera toda el agua de arrayán que se había tragado, revuelta con pedazos de chicharrón y granos de huamúchiles.
        —Yo no quiero ni tu agua de arrayán, blasfemo. Nada quiero de ti.
        Y puso sobre la silla el huevo que yo le había regalado:
        —¡Ni tus huevos quiero! Mejor me voy.
        Ahora sólo quedaban cuatro.
        —A mí también me dan ganas de vomitar —me dijo la Pancha—. Pero me las aguanto. Te tenemos que llevar a Amula a como dé lugar. Eres el único que puede dar fe de la santidad del Santo Niño. El te ha de ablandar el alma. Ya hemos puesto su imagen en la iglesia y no sería justo echarlo a la calle por tu culpa.
        —Busquen a otro. Yo no quiero tener vela en este entierro.
        —Tú fuiste casi su hijo. Heredaste el fruto de su santidad. En ti puso él sus ojos para perpetuarse. Te dio a su hija.
        —Sí, pero me la dio ya perpetuada.
        —Válgame Dios, qué cosas dices, Lucas Lucatero
        —Así fue, me la dio cargada como de cuatro meses cuando menos.
        —Pero olía a santidad.
        —Olía a pura pestilencia. Le dio por enseñarles la barriga a cuantos se le paraban enfrente, sólo para que vieran que era de carne. Les enseñaba su panza crecida, amoratada por la hinchazón del hijo que llevaba dentro. Y ellos se reían. Les hacía gracia. Era una sinvergüenza. Eso era la hija de Anacleto Morones.
        —Impío. No está en ti decir esas cosas. Te vamos a regalar un escapulario para que eches fuera al demonio.
        —... Se fue con uno de ellos. Que dizque la quería. Sólo le dijo: “Yo me arriesgo a ser el padre de tu hijo”.Y se fue con él.
        —Era fruto del Santo Niño. Una niña. Y tú la conseguiste regalada. Tú fuiste el dueño de esa riqueza nacida de la santidad.
        —¡Monsergas!
        —¿Qué dices?
        —Adentro de la hija de Anacleto Morones estaba el hijo de Anacleto Morones.
        —Eso tú lo inventaste para achacarle cosas malas. Siempre has sido un invencionista.
        —¿Sí? Y qué me dicen de las demás. Dejó sin virgenes esta parte del mundo, valido de que siempre estaba pidiendo que le velara sueño una doncella.
        —Eso lo hacía por pureza. Por no ensuciarse con el pecado. Quería rodearse de inocencia para no manchar su alma.
        —Eso creen ustedes porque no las llamó.
        —A mi sí me llamó —dijo una a la que le decían Melquiades—. Yo le velé su sueño.
        —¿Y qué pasó?
        —Nada. Sólo sus milagrosas manos me arroparon en esa hora en que se siente la llegada del frío. Y le di gracias por el calor de su cuerpo; pero nada más.
        —Es que estabas vieja. A él le gustaban tiernas; que se les quebraran los guesitos; oír que tronaran como si fueran cáscaras de cacahuate.
        —Eres un maldito ateo, Lucas Lucatero. Uno de los peores.
        Ahora estaba hablando la Huérfana, la del eterno llorido. La vieja más vieja de todas. Tenía lagrimas en los ojos y le temblaban las manos:
        —Yo soy huérfana y él me alivió de mi orfandad, volví a encontrar a mi padre y a mi madre en él. Se pasó la noche acariciándome para que se me bajara mi pena.
        Y le escurrían las lágrimas.
        —No tienes, pues, por qué llorar —le dije.
        —Es que se han muerto mis padres. Y me han dejado sola. Huérfana a esta edad en que es tan dificil encontrar apoyo. La única noche feliz la pasé con el Niño Anacleto, entre sus consoladores brazos. Y ahora tú hablas mal de él.
        —Era un santo.
        —Un bueno de bondad.
        —Esperábamos que tú siguieras su obra. Lo heredaste todo.
        —Me heredó un costal de vicios de los mil judas. Una vieja loca. No tan vieja como ustedes; pero bien loca. Lo bueno es que se fue. Yo mismo le abrí la puerta.
        —¡Hereje! Inventas puras herejías.
        Ya para entonces quedaban solamente dos viejas. Las otras se habían ido yendo una tras otra, poniéndome la cruz y reculando y con la promesa de volver con los exorcismos.
        —No me has de negar que el Niño Anacleto era milagroso —dijo la hija de Anastasio —. Eso sí que no me lo has de negar.
        —Hacer hijos no es ningún milagro. Ese era su fuerte.
        —A mi marido lo curó de la sífilis.
        —No sabía que tenías marido. ¿No eres la hija de Anastasio el peluquero? La hija de Tacho es soltera, según yo sé.
        —Soy soltera, pero tengo marido. Una cosa es ser señorita y otra cosa es ser soltera. Tú lo sabes. Y yo no soy senorita, pero soy soltera.
        —A tus años haciendo eso, Micaela.
        —Tuve que hacerlo. Qué me ganaba con vivir de senorita. Soy mujer. Y una nace para dar lo que le dan a una.
        —Hablas con las mismas palabras de Anacleto Morones.
        —Sí, él me aconsejó que lo hiciera, para que se me quitara lo hepático. Y me junté‚ con alguien. Eso de tener cincuenta anos y ser nueva es un pecado.
        —Te lo dijo Anacleto Morones.
        —Él me lo dijo, sí. Pero hemos venido a otra cosa; a que vayas con nosotras y certifiques que él fue un santo.
        —¿Y por qué no yo?
        —Tú no has hecho ningún milagro. El curó a mi marido. A mí me consta. ¿Acaso tú has curado a alguien de la sífilis?
        —No, ni la conozco.
        —Es algo así como la gangrena. El se puso amoratado y con el cuerpo lleno de sabañones. Ya no dormía. Decía que todo lo veía colorado como si estuviera asomándose a la puerta del infierno. Y luego sentía ardores que lo hacían brincar de dolor. Entonces fuimos a ver al Niño Anacleto y él lo curó. Lo quemó con un carrizo ardiendo y le untó de su saliva en las heridas y, sácatelas, se le acabaron sus males. Dime si eso no fue un milagro.
        —Ha de haber tenido sarampión. A mí también me lo curaron con saliva cuando era chiquito.
        —Lo que yo decía antes. Eres un condenado ateo.
        —Me queda el consuelo de que Anacleto Morones era peor que yo.
        —Él te trató como si fueras su hijo. Y todavía te atreves... Mejor no quiero seguir oyéndote. Me voy. ¿Tú te quedas, Pancha?
        —Me quedaré otro rato. Haré la última lucha yo sola.


        —Oye, Francisca, ora que se fueron todas, te vas a quedar a dormir conmigo, ¿verdad?
        —Ni lo mande Dios. ¿Qué pensara la gente? Yo lo que quiero es convencerte.
        —Pues vámonos convenciendo los dos. Al cabo qué pierdes. Ya estás revieja, como para que nadie se ocupe de ti, ni te haga el favor.
        —Pero luego vienen los dichos de la gente. Luego pensarán mal.
        —Qué piensen lo que quieran. Qué más da. De todos modos Pancha te llamas.
        —Bueno, me quedaré contigo; pero nomás hasta que amanezca. Y eso si me prometes que llegaremos juntos a Amula, para yo decirles que me pasé la noche ruéguete y ruéguete. Si no, ¿cómo le hago?
        —Está bien. Pero antes córtate esos pelos que tienes en los bigotes. Te voy a traer las tijeras.
        —Cómo te burlas de mí, Lucas Lucatero. Te pasas la vida mirando mis defectos. Déjame mis bigotes en paz. Así no sospecharán.
        —Bueno, como tú quieras.
        Cuando oscureció, ella me ayudó a arreglarle la ramada a las gallinas y a juntar otra vez las piedras que yo había desparramado por todo el corral, arrinconándolas en el rincón donde habían estado antes.
        Ni se las malició que allí estaba enterrado Anacleto Morones. Ni que se había muerto el mismo día que se fugó de la cárcel y vino aquía reclamarme que le devolviera sus propiedades.
        Llegó diciendo:
        —Vende todo y dame el dinero porque necesito hacer un viaje al Norte. Te escribiré desde allá y volveremos a hacer negocio los dos juntos.
        —¿Por qué no te llevas a tu hija? —le dije yo—. Eso es lo único que me sobra de todo lo que tengo y dices que es tuyo. Hasta a mí me enredaste con tus malas mañas.
        —Ustedes se irán después, cuando yo les mande avisar mi paradero. Allá arreglaremos cuentas.
        —Sería mucho mejor que las arregláramos de una vez. Para quedar de una vez a mano.
        —No estoy para estar jugando ahorita —me dijo—. Dame lo mío. ¿Cuánto dinero tienes guardado?
        —Algo tengo, pero no te lo voy a dar. He pasado las de Caín con la sinverguenza de tu hija. Date por bien pagado con que yo la mantenga.
        Le entró el coraje. Pateaba el suelo y le urgía irse...
        “¡Que descanses en paz, Anacleto Morones!”, dije cuando lo enterré, y a cada vuelta que yo daba al río acarreando piedras para echárselas encima: No te saldras de aquí aunque uses de todas tus tretas.”
        Y ahora la Pancha me ayudaba a ponerle otra vez el peso de las piedras, sin sospechar que allí debajo estaba Anacleto y que yo hacía aquello por miedo de que se saliera de su sepultura y viniera de nueva cuenta a darme guerra. Con lo mañoso que era, no dudaba que encontrara el modo de revivir y salirse de allí.
        —Echale más piedras, Pancha. Amontónalas en este rincón, no me gusta ver pedregoso mi corral.
        Después ella me dijo, ya de madrugada:
        —Eres una calamidad, Lucas Lucatero. No eres nada cariñoso. ¿Sabes quién sí era amoroso con una?
        —¿Quién?
        —El Niño Anacleto. El sí que sabía hacer el amor.

lunes, 4 de diciembre de 2017


LA VIDA SECRETA DE TUS MASCOTAS

Ficha Técnica:
Título original: The Secret Life of Pets
Año: 2016
Duración: 87 min.
País: Estados Unidos
Guion: Cinco Paul, Ken Daurio, Brian Lynch
Música: Alexandre Desplat
Fotografía: Animation
Productora: Universal Pictures / Illumination Entertainment / Dentsu
Género: AnimaciónComedia | Animales3-D

El objetivo principal de esta reseña critica es valorar la película “la vida secreta de tus mascotas”, de los directores Chris RenaudYarrow Cheney. Es un film muy divertido en donde se mezcla la comedia (la curiosa forma en la que viven las mascotas), la ironía (ya que uno de los protagonistas principales es totalmente diferente a lo que vemos a simple vista) y el drama,(todo lo que es capaz de hacer por amor) si bien va dirigida a un público infantil, impacta de manera significativa a los adultos porque tiene un mensaje de fondo cautivador así que si amas a tu mascota este largometraje es perfecto para ti. Por lo anterior, es posible afirmar que la capacidad de trabajo en equipo de los animales es una muestra de lo que somos incapaces de hacer los seres humanos.

Lo más relevante de la trama es que nos da una idea de cómo los animales en este caso de las mascotas pueden trabajar en equipo por un bien común a diferencia de nosotros los seres humanos que tendemos a ser egoístas y a pretender estar uno sobre otro, es decir creer que hay personas que son más importantes que otras, en cambio en la película los animales fueron a salvar a quien un día los ayudó.
La historia se basa en las aventuras de un perro llamado Max quien tiene una vida estupenda hasta la llegada de un perro enorme llamado Duke que adopto Katie su dueña, de ahí empiezan a surgir las peleas por territorio lo cual los lleva a perderse en la ciudad, huyendo de control animal, ayudados por un conejo psicópata (Bola de Nieve) quien tiene bajo su mando a muchas mascotas que fueron abandonadas por sus dueños con la idea de vengarse de estos; Allí es donde Duke y Max desean regresar a su hogar y de paso  ju
Al final del largometraje,Max y Snowball deben unirse y trabajar en equipo para salvar a sus amigos, sin importar las diferencias y peleas que tuvieron, lo cual nos deja un mensaje y una enseñanza para nosotros los seres humanos, quienes trabajamos individualmente por un objetivo propio y no común.
Para concluir mi valoración de la película es positiva, puesto que enseña valores muy importantes que se han perdido en la sociedad actual, como, por ejemplo, el trabajo en equipo, la amistad, el amor y la lealtad, que, si los practicáramos más en sociedad, sería un mundo mejor. Además, escribir no es tema fácil, pero si hay dedicación y ganas de aprender es mucho más fácil. En mi opinión al elaborar estas reseñas pude notar progreso en mi aprendizaje al hacer este tipo de textos.
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Por:
ALEJANDRA LEYTÓN VANEGAS
GRADO NOVENO
I.E.T. LEPANTO
MURILLO- TOLIMA

EL PERFUME: UNA HISTORIA DE MISTERIO
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Título: El perfume: Historia de un asesino
Título original: Perfume: The story of a murderer
Dirección: Tom Tykwer
País: Francia, Estados Unidos, España, Alemania
Año: 2006
Fecha de estreno: 24/11/2006
Duración: 147 min
Género: Criminal, Drama, Romance, Thriller
Reparto: Ben Whished, Francesca Albiol, Gonzalo Cunill, Roger Salvany, Andrés Herrera, Simon Chandler, David Calder, Richard Felix, Birgit Minichmayr, Reg Wilson
Guión: Bernd Eichinger, Andrew Birkin, Tom Tykwer
Productora: Constantine Film Production, Nouvelles Editions de Films (NEF), Castelao Productions, Davis-Films, VIP 4 Medienfonds, Rising Star, Ikiru Films








Voy a hablar de una película llamada el Perfume de Tow Tykwer basada en el libro de Patrick Suskind.  Mi valoración para la película El perfume es de 9 ya que la historia fue muy misteriosa e increíble. Me impresionaba la creatividad de Jean-Baptiste ya que hacía muchos inventos para lograr extraer la esencia de las personas hasta que encuentra el secreto para lograr lo que se proponía.
Así mismo la película me gustó demasiado ya que había mucho misterio, ciencia e inventos. Jean-Baptiste imaginaba mucho y hacía experimentos con mujeres para lograr extraerle la esencia. Él las mataba pero nunca las violaba.
Agregando a lo anterior al principio aparece un hombre encadenado al que van a condenar. Francia del siglo XVIII. Nació un bebé llamado Jean-Baptiste Grenouille el 17 de Julio de 1738 en una plaza de pescados. Su madre lo tuvo y lo dejó tirado hasta que él lloró y todos le dijeron a la madre que era una asesina y la mandaron a la horca.
De igual modo al bebé se lo llevaron para el orfanato de Madame Gallard donde unos niños lo intentaron matar. A los 5 años él no podía hablar pero tenía un olfato increíble. A los 14 años lo vendieron a la curtidora, un día su amo lo llevó a  las calles de París donde conoció nuevos olores.
Al caminar por la ciudad él encontró a una señorita con un olor exquisito, el comienza a perseguirla y ella se asusta.  Sin querer la mata.
Después viaja a la ciudad de Grass donde comienza a asesinar a mujeres. En total mata a 13 con las que crea una esencia increíble e irresistible con la que hipnotiza a toda la ciudad de Grass.
El feminicidio es otro tema muy importante ya que ocurre en la película cuando Jean-Baptiste Grenouille comienza a asesinar mujeres para hacer experimentos con ellas. En Colombia sucede esto cuando son asesinadas las mujeres por sus parejas o por otras personas que las matan por celos o envidias etc. Esto puede causar que niños queden sin madres o huérfanos.
Otro tema muy importante es el Infanticidio que en la película la madre de Jean lo quería matar. Infanticidio en éste país es algo que sucede hoy en día mucho y todo más en las jóvenes que abortan a los bebés o los tienen y los botan.
Agregando a lo anterior el homicidio también es un tema muy importante ya que en la película matan a la madre de Jean. En Colombia los jóvenes se suicidan por problemas familiares, amorosos y el Bulling.
Además pienso que los personajes son muy interesantes. El personaje principal es Jean-Baptiste Grenouille, un joven que asesina mujeres para extraerle esencia y crear un perfume que cuando la gente lo olfateara fuera irresistible.

Otro personaje importante es Giuseppe Baldini quien es un perfumero muy reconocido de la ciudad de París. Es éste quien le enseña a crear varias cantidades de perfumes con los cuales se vuelve muy famoso.


La primera víctima de Jean-Baptiste es la joven que vende ciruelas en las calles de París. Jean comienza a perseguirla y ella al verlo se asusta y el sin querer la asfixia con un pañuelo.







Por consiguiente la señora del orfanato es llamada Madame Gallard quien cuida a Jean y a los 14 años lo vende a la curtidora de París ella al irse la matan unos ladrones que la quieren robar.


La última víctima de Jean es Laura la peli roja que el padre se la lleva de su castillo hacia una casa hasta la cual llega Jean y la mata para extraerle la esencia.


Por cierto a mi parecer pienso que la música  es muy importante ya que cuando hay escena de suspenso la música se pone muy lenta e intrigante y el público siente que está dentro de la escena.
El vestuario es muy bonito y decorativo ya que las mujeres del pueblo de Grass tienen vestuarios caros y tienen collares y las personas que tienen dinero visten cosas caras como es el ejemplo del padre de Laura.
Además las fotografías son lo que forman la película y son tan rápidas que forman videos, un fotografía muy bonita es donde aparece el jardín de flores que el que está viendo la película siente que el olor penetra por su olfato.
 La frase “por primera vez había hecho algo por Amor” significa que Jean-Baptiste se suicidó tras haber creado la esencia que tanto quería el murió en la misma plaza donde nació.
Por consiguiente Jean era un ángel porque había creado una esencia irresistible para  las personas que la olieran y cuando la olían sentían que él era una ángel del cielo, a su vez también era un demonio ya que mato muchas jóvenes para crear su esencia irresistible.

Además Jean tiene que ver mucho en el siglo XVlll ya que este fue un siglo de mucha ciencia e inventos el inventaba con las mujeres para extraerle la esencia con la cual crearía su perfume.
Por último, cabe anotar que que la película “el perfume” me gustó demasiado ya que muestran mucha ciencia e inventos y nos explica cómo era el siglo XVlll y nos muestra la terrible vida de aquellas personas.

WEBGRAFÍA







 POR:

JOHAN MAURY RODRIGUEZ
GRADO 8-A
I.E.T LEPANTO
MURILLO-TOLIMA

INVITACIÓN AL PLANETA 51 PEGASI B
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En un tiempo lejano, había un niño que despertó y salió de su habitación cuando su mamá le preguntó:
-          ¿Hijo qué te pasa, por qué flotas?
El sin saber respondió:
-          No sé mamá, ¡No sé!
Cuando al poco tiempo un hombre extraño llegó y le dijo:
-          Hijo yo sé cómo ayudarte, si quieres…
El joven respondió:
-          ¿Tú me puedes ayudar a mí?
-          Sí yo tengo algo parecido a lo tuyo.
-          Sí, quiero verlo.
-          Yo controlo cualquier cosa.
-          ¡Increíble!
El niño siguió al hombre y cuando llegaron a una casa abandonada el niño dijo:
-          ¿Qué es esto?
-          Es la guarida de los mutantes y tú estarás seguro aquí, no te dejaremos ir.
El niño quiso desaparecer; pero lo atraparon y lo escondieron. Después de un tiempo crearon una fundación para las personas mutantes o inhumanas.
Luego las demás personas querían acabar con la raza mutante; pero ellos construyeron un hogar en la luna. Sin saber que fueron atacados por una raza extraterrestre que se hacían llamar los LUCHICANTIOS y querían la luna para sus bienes; los mutantes o raza sobrehumana se resistieron y hubo una gran batalla en la que se destrozaban planetas y ciudades enteras.
       Uno de los mutantes llamado Hank atacó con todo su poder y mató al líder de los luchicantios y los demás se rindieron. La raza de los mutantes ya casi extinta se devolvieron a la tierra, allí murieron la mayoría de ellos.
Sólo quedó un pequeño bebé el cual creció y restableció su planeta natal en uno parecido al de la tierra llamado PLANETA 51 PEGASI B, en el cual se construyó la vida mutante; desde entonces esta raza mutante ha vivido allí.
Yo soy aquel pequeño que sobrevivió y hoy les cuento esta historia y quiero que sigan viviendo mi vida. Soy el líder, tengo dos hijos, la niña controla el clima y cambia de forma, el niño puede volver grande tanto como casi invisible a la vista humana, también translucido.  
Mi esposa es una pobre mujer la cual salve en la tierra, no tiene poderes, tú eres la primera persona que sabe de nuestra existencia y si quieres venir a visitarnos te aceptaremos como eres.
Quiero y envió esta carta a cualquier mutante que este en cualquier rincón del mundo a que venga a nuestro planeta a vivir y serán aceptados con el corazón de nuestra raza para que exista y perdure hasta la eternidad.


Fin

Nombre: Fray Santos Silva
Grado: 8-B

Fecha: 29 de octubre de 2017

  ÁGORA, REVISTA DE MINIFICCIONES N°8, AÑO 2025