ÁGORA, REVISTA DE MINIFICCIONES N°8, AÑO 2025
ÁGORA, revista de minificciones
martes, 28 de octubre de 2025
ÁGORA, REVISTA DE MINIFICCIONES NÚMERO 8, AÑO 2025
EDITORIAL
Al desocupado lector:
En un ensayo del libro Otras Inquisiciones, Jorge Luis Borges arguye que los precursores de Kafka se remontan a las paradojas de Zenón de Elea. Campea por las leyendas y bestiarios del chino Han Yu, que habla de unicornios y retoma las parábolas de Kierkegard. Luego menciona los absurdos disparates y reflexiones teológicas de un Leon Bloy que quizá influyeron en su prosa. Esas reminicencias en la obra del checo habrían de convertirle en un clásico moderno. De allí la adjetivización de su nombre. Lo kafkiano estaría como un eco en la obra de grandes autores contemporáneos como Borges, García Márquez, José emilio Pacheco, Ricardio Piglia, Augusto Monterroso, Max Aub, Ana María Shua o Italo Calvino. También, de los autores que publican sus textículos en la presente edición de ÁGORA, REVISTA DE MINIFICCIONES, número 8, año 2025. En ese derrotero, es este un homenaje a Franz Kafka. Su vida y su obra. Cabe anotar que el escritor de Praga, es un maestro en cuanto a aforismos, textos fragmentarios y minificciones se refiere. Por ello en este número hallaremos una antología de su literatura. También una entrevista a la querida maestra Ana María Shua, quien habla de La sueñera y cómo recibió el efluvio de la obra de Kafka.El lector voraz de esta revista, alimentará su espíritu con cuentos atómicos (como los llama el maestro Umberto Senegal) y minificciones con ese tono donde la angustia existencial, la deshumanización y lo absurdo se vuelven metáforas de la vida moderna. Temas como la alienación, el absurdo de la existencia, la culpa, la condena, la metamorfosis y la animalidad, el absurdo de la comunicación, la relación conflictiva con la autoridad y el poder, la fragilidad del cuerpo y la enfermedad, lo onírico, lo pesadillesco o la imposibilidad de alcanzar la verdad y la soledad radical del hombre moderno, pululan aquí. Estas temáticas rezuman en las páginas de esta publicación kafkiana. De allí que se abran las puertas de este laberinto donde publicarán escritores colombianos. Así como jóvenes de la región del Tolima, en especial de Santa Isabel de Hungría. Loable labor que merece nuestros aplausos. Esto a modo de homenaje al autor de La metamorfosis, El Castillo, El Proceso o América. Realizamos una pesquiza de su profusión en las letras de autores de todo el orbe. La portada (Todos los días oímos historias -mixta sobre lámina de metal) estuvo a cargo del maestro Omar Moreno, artista plástico bogotano que no deja de parecernos menos abrumadora y pesadillesca. Sin más preámbulo, sea usted bienvenido a Ágora, Revista de Minificciones, Número 8, Año 2025, acucioso y amable lector.
Por: Víctor Hugo Osorio Céspedes
Director ÁGORA, REVISTA DE MINIFICCIONES
sábado, 12 de abril de 2025
MINIFICCIONES METAFICCIONALES Y METALITERARIAS
MALDITA MALDICIÓN
A
Andrés Caicedo le profanaron la tumba tras años de haber muerto. Fue un grupo
de lectores profanáticos. Enfermos de la mente por la obra maldita de
nigromancia llamada El Necronomicón. El escritor suicida quedó perplejo
tras la resurrección. Se palpó la boca: le habían arrancado los dientes excepto
los colmillos. El hecho es que Andrés Caicedo,
iba por ahí un poco desnarizojerizado de la nostalgia. Por supuesto, casi nadie
lo reconocía. Le vieron en discotecas de salsa y rock and roll. En cinemas
matinales. Absorto en películas de vampiros, vaqueros y comediantes. Y bajo la
canícula, sentía sed de sangre con vodka. Ahora Andrés Caicedo, está condenado
a vagar sempiterno tras regresar de entre los muertos.
miércoles, 26 de marzo de 2025
CRUENTOS DESENCUENTROS Y OTROS CUENTOS AMARGOS
LA
VENGANZA DE LA BRUJA
“Yo no creo en las
brujas; pero de haberlas, haylas”
Dicho popular
La bruja fue descuartizada con una sierra de
motor. Pero ¿por qué no le salvó la sal negra en sus bolsillos?¡Cómo es qué el
Buziraco, a quien lamía el culo la vieja en los aquelarres del monte, no le resguardó
el pellejo? Alias Cuchillo había decretado muerte a la brujería negra. Porque
los muchachos Uñas negras, los rezados, estaban cayendo en combate como fichas
de dominó contra los otros paracos.
- Maten
a esa vieja hijueputa que no es más que una estafadora.
- Como
ordene mi comandante.
- Píquenla
a machete o con la motosierra que así aprenden a respetar estas putas.
- Como
ordene mi comandante.
- Y
córtenle esas tetas que besan el piso: denlas de comer a Rambo y Capitán,
perros malparidos que deben estar hambrientos. Denle un poquito a Caifás que a
ese caballo guevón le gusta la carne de personas…
- Como
ordene mi comandante.
- Ah y
Benítez, tráigame una cerveza fría y otra botella de guisqui que está esto
hecho un horno…
- Sí, un
infierno mi comandante.
- Bueno
ya. A matar a esa bruja hijueputa y la echan al río.
Y así
se hizo. A Sofía la picaron en pedacitos. Los perros se relamían con ella. El
río se tiñó de carmesí. De nada sirvió su experiencia en el mundo criminal.
Desde que su abuela enseñó aquellos ritos y artilugios. Aconsejó a guerrilleros
y paramilitares por igual. A narcotraficantes. Famosos. Políticos. Como aquel
Senador que la contactó y dijo:
- Sofí,
yo lo amo. Lo amo a él. Pero no me corresponde. Hacéle algo bien malo para que
me ame. Y para que gane mi candidatura.
- Patrón:
sus deseos son órdenes. Eso en nueve noches estará hecho.
- NO: LO
DESEO YAAAA!!! -decía aquel político homosexual que deseaba sodomizar a su
secretario privado. Así, en privado como todo un Calígula.
- Patrón:
tómese esta pócima y aceleramos el trabajo. Aunque le va a costar un poquitiquito
más.
- No
importa Sofi: LO DESEO YAAAA!!! -gritaba el obtuso sodomita del Senado, con una
risita de mandril.
Y tras
rezos y bizarros rituales con tierras raras de cementerios, y sangre de chivos
y gallinas culecas, así sucedió. Asimismo, aquella vez que la archifamosa
actriz porno, Kia Malifa, le pagó miles de dólares para que secara a su
competitiva, la sensual Esmeralda Gómez. Y ésta quedó como una momia. Con el
trasero seco, lleno de gránulos con pus verduzco. Con hemorroides que le
hicieron fracasar en la industria pornográfica del sexo anal. Los melones desecados
y sin semillas como limones de Etiopía. La cara se hundió como un pozo por los
maleficios de Sofía. Así acabó con cientos de carreras en Medellín. Y los traquetos
que se odiaban entre ellos y se echaban pestes negras unos contra otros como
lobos caníbales, ciegos de la cólera. Y aquellos sapitos rojiamarillos que
vomitó el traqueto obeso, al que le gustaban los niños travestis, allá en
Doradal, Antioquia. Y el fiscal que le pidió ayuda para frenar los procesos en
su contra. Pusieron un sortilegio bajo el escritorio de la investigadora. Por
lo tanto, ésta fue arrollada por una ambulancia mientras bajó a comprar
empanadas o tacos chinos. Y aquel narcotraficante, al que la bruja ayudó a
relacionar con el presidente Julio Cesar Turbay Ayala para exportar coca como
si fueran bananas de la Chiquita Brands... Y el negro alcalde de Sucre que cagó
tres huevos negros, y lloró porque dijo estaba curado por la magia de Sofía. Pues
llevaba trece meses sin poder defecar. Y a aquel enano traqueto llamado Sansón
Pino, el paisa ese famoso al que luego le harían telenovelas, al que le hizo
coronar más de diez mil kilos de coca con lo que se hizo un implante de tibia y
peroné y creció y creció y luego fue alcalde de Sonsón. Así fue como se hizo
conocida en todo el país la bruja. Sus trabajos se cotizaron en el mundo
esotérico.
Por
eso fue contratada por las AUC. Para que rezara a los muchachos paracos
llamados Uñas negras. Y así ser invisibles a las balas. Inmunes al
plomo. Sólo que esta vez no funcionó. Y la bruja fue destrozada con la
motosierra a las cinco de la tarde. Olía a horror y excrementos acres. La
sierra se detuvo. Los perros ladraban exultantes. Llenos de ira. El paroxismo
del sol parecía manchado de sanguinolentos gritos de dolor…
Al día
siguiente, alias Cuchillo, en medio de la jarana, ordenó le mostraran
evidencias de la barbarie. Los Uñas negras habían guardado la cabeza de la
bruja. Tomó impulso, bebió un infinito trago de whiskey, eructó, se sacó un
moco, tosió, rascó su sucio trasero. Dejó caer una flatulencia y dijo:
- Bruja
hijueputa: por mentirosa. -tras lo cual eructó con aroma a caño con gatos
muertos y ratas que habían fallecido hacía años... Quizá milenios.
Corrió
y corrió como un bucéfalo. Aunque más parecía un caballito de madera. Pateó la
cabeza que en perfecta parábola llegó al fondo del río.
- GAAALLLLLLL
HIJUEPUTA. GAAAL… Cerveza para todos… Cerveza para… Jejeje… Todos. GAAALLL.
Gritó alias Cuchillo. Y dijo:
- Y eso
es para todos los cabrones que crean en el poder de las brujas. Mariconadas. Al
próximo que vea con las uñitas pintadas de negro, lo llevamos al maniquiur allá
al fondo del río ¿oyeron hijueputas?
Eran las tres y treinta y tres de la
madrugada. En los llanos orientales, el sopor robaba las horas de sueño. Era un
insecto que ululaba veneno. La paranoia se apoderaba de la atmósfera. Olía a
miedo. En la mañana había llovido plomo desde el otro lado del río. Los otros
paracos hostigaban casi siempre a las doce del día. La hora estúpida. Sonaban
los chillidos de las aves nocturnas.
Ahora
alias Cuchillo tenía una pesadilla. Soñaba que iba caminando por un campo
yermo. Un llano de candela donde de repente se oía el carcajear de una
gigantesca gallina negra. Era una especie de dinosaurio emplumado. Un ave de
corral de treinta pisos. Lo seguía. Y le apuntaba con la trompa. Era la bruja
Sofía. Quería desayunarlo. Él deseaba correr. Mas no lo lograba. Porque ahora
era un gusano rosado. Se arrastraba gimoteando y llamando a su mamita. Pero era
demasiado tarde porque Sofía abrió su pico y lo engulló. Luego era una babosa y
ella un kilo de sal negra que llovía sobre su lomo. Lo derretía sobre un espejo
caliente. Él lloraba como burbujas de nada. Despertó cagado. Literalmente. Fue
al río a bañarse y sintió que algo le picoteaba el pene. Salió. Aún olía a
mierda. Disimuló. Fue a beber whiskey y ver Le Tour de France en un viejo TV…
Sin
embargo, al caer el velo de la noche, todo cambiaba. La bruja regresaba en
sueños. En realidad, en pesadillas. Ahora era una tortuga caminando por la
selva. Sofía la levantaba. Le ponía patas arriba. Él movía la cabecita en vano
porque la bruja-cocodrilo-boa venía a cenar. Despertaba siempre con los
pantalones machados de marrón. La otra
noche, era una guayaba medio podrida devorada por los gusanos. Una cabeza de
guayaba con ojitos y los dientes amarillos. Ella, convertida en pajarraco
verdinegro, venía a picotearle los ojos. Olían a mierda y a suciedad sus sueños
pesados. Como un kilo de mierda empaquetada al vacío que de repente fuese
abierta con un cuchillo. Todo este disparate llegó al colmo cuando, una mañana,
aterrado, gritaba que era un cangrejo y que la bruja lo quería ver patas
arriba. Retorciéndose de estremecimientos. Dijo que era un cuchillo sin filo.
Intentando cortar el velo de la realidad. Pero que ahora era imposible. De día
los combates eran atroces. Mataban y mataban a los otros paracos, que caían
como fichas de ajedrez. Mas de noche lloraba como un bebé de pecho. Gritaba
entre gimoteos:
- MAMAÁAA… Ay mamasita ayuda… Ay mamita…
Ayayayyy…
Así es
que los subalternos, ebrios de cólera por los maltratos del comandante,
decidieron que le harían un juicio de guerra. Los Uñas negras le asesinarían
con un tiro de gracia al amanecer...
Esa
noche, alias Cuchillo soñó que era un cuchillo de cartón. Material de utilería
de una farsa del teatro de guerra. Era devorado por un faquir traga-metales que
lo escupía echo balas de mierda. Había esqueletos saltimbanquis. La bruja Sofía
volaba como un chimbilaco. Se carcajeaba como una hiena vengativa. Luego
Cuchillo, soñaba que era balas de barro. Disparadas por un fusil Galil que lo
devoraba y vomitaba contra un muro. Quedaba hecho un reguero de excrecencias y
licuefacciones. Luego la bruja era una enorme calabaza púrpura rodando hacía
él. Creyó que la penetraría. Mas se dobló como un falo impotente. Era de
cartón, pura utilería de una tragedia. Fue arrollado. Despertó sudando
petróleo. Creía que gritaba que la maldita bruja lo había enloquecido, la muy
perra. No obstante, todos oían cómo cacareaba de forma estúpida y llamaba a su
mamita con balbuceos y voces guturales… Tomó el fusil R-15. Se voló la tapa de
los sesos frente al río gritando incoherencias entre espumarajos que olían a
ano. Como en un vernáculo lenguaje de crustáceos. O de insectos de la selva
virgen: ese infierno verde que hipnotiza y hechiza al desprevenido viandante…
…Quizá
esto le sucedió porque, como decía el acérrimo y cerril Santo Tomás en el
Evangelio de san Juan: “hasta no ver; no creer”. O como decía mi abuelita, que
descanse en paz: “yo no creo en las brujas; pero de haberla, haylas”.
Por:
VÍCTOR
HUGO OSORIO CÉSPEDES
CRUENTOS DESENCRUENTOS Y OTROS CUENTOS AMARGOS
YO, LA OTRA
“Y su singular susurro se volvió el eco mismo del
mío”.
E.A. Poe
William Wilson
I
Diré que me llaman Dasha Krivoshlyapoya.
Mamá Yekaterina dijo mucho después en una pesadilla, que había parido mal a un
monstruo. Ella murió en aquel helado hospital de Moscú. Masha, la otra, mi
amiga, ha estado conmigo en estas peripecias por tantos Institutos y antros. Sin
embargo, todo llegará pronto a su fin… Y esa sonrisa estúpida se desdibujará de
su cara de tarántula. Hoy a la media noche todo el horror terminará.
Mi amor por el cosaco enfermero
Salva fue frustrado. Eso por la otra. Ella nunca lo permitirá. Por eso le
asesinaré con su propia navajita. ¿Cómo olvidar cuando en aquella Institución
Mental, cuando éramos chiquillas, me halaba de los cabellos hasta arrancarlos
de raíz pues era su juego favorito el trineo? ¿Acaso debo olvidar cuando tras las
torturas del Dr. Pyotr Anokhin, me miraba sacando sus mocos, como si extrajera
pensamiento retorcidos que luego comía? ¿Cómo no recordar que, tras las frazadas
de hielos en nuestras piernecitas, y los piquetes de agujas en las cabezas,
brazos, cuellos, ella relamía y por eso nos daban dobles dosis? ¿Y qué decir de
las quemaduras con el soplete, mientras ella, me mirara con sus ojitos rasgados
de almendra? Tras lo cual dijera mascullando:
-
…Ya
verás esta noche, Masha, cómo te roeré las orejas como una ratica… Te lameré
como una babosa en celo esas orejitas… ¿Qué acaso no lo gozaste amiga? -susurraba
como mí mismo eco. Tras lo cual era sometida a los mismos vejámenes que yo… Aunque
ella sonreía del dolor y me guiñaba un ojito con frivolidad.
De allí nuestra ambigua amistad.
Me daba fuerzas en esos experimentos. Y luego me daba cocotazos llenos de
inquina. Una animadversión que bien sabía esconder entre lisonjas y
engatusamientos.
También compartí con Masha
habitación en el Instituto Pediátrico de la Academia de Ciencias Médicas de
Moscú. El discípulo del Dr. Pávlov, el doctor Anokhin, había sido llamado a
otras misiones en el Archipiélago Gulag. Sus experimentaciones militares con
nosotras, en aquellos laboratorios fosforescentes, habían sido dejado a un
lado. El interés científico en los monstruos de circo de la URSS ya no era tan relevante.
Interesaban más las armas nucleares. El espacio exterior. La Guerra de Hielo
con Occidente. Tras 1953, cuando falleció Stalin, todo avizoraba ese descenso. Un
desbarrancadero hacia el abismo destructivo de la guerra. Esa boca voraz e
insaciable. Masha solía decirme en broma:
-
Eh,
vamos camarada, ¿Qué acaso deseas otra inyección de yodo radiactivo amarillo? ¿O
quizá que la vampira de Lucía te chupe la sangre tres veces al día con sus
colmillos hipodérmicos? -decía desternillada de las risotadas. Yo no tomaba el
caramelo que me ofrecían. Entonces la otra, ella, lo arrebataba y lo llevaba a
su boca deformada por un rictus que simulaba ser una sonrisa de cabra.
Con ella vagabundeamos por el
Instituto de Investigación Científica de Moscú. Íbamos a los experimentos
juntas, en una especie de amistad mórbida. También por la Central de Traumatología
y Ortopedia. Siempre enfermas de algo similar. Una deformidad congénita. Una
aberración circense. Nadie en la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas,
además de los médicos, enfermeras y científicos que jugaron con nosotras desde
niñas, nos conocían… Éramos una aberración para experimentar. O jugar a ser
Dios. Uno lleno de odios.
Siendo señoritas, nos
trasladaron al Hogar de Veteranos de Guerra, en San Petersburgo. Allí nos
atendió un enfermero con olor a montaraz. Era un cosaco que se llamaba Slava. A
mí me pareció, por primera vez en mi vida, simpática la sonrisa y aroma de un
hombre desdentado. Ella, que siempre iba a dar a los mismos antros que yo, lo
odió desde un principio. En el corredor, ante la sala 13, que nos correspondía,
soltó la siguiente bomba:
-
Y
Tú, culo sucio de Masha: ¿volverás a las dietas del doctor Anokhin o comerás la
salchicha de aquel cosaco asqueroso, eh, necia? -decía entre carcajadas de
alcantarilla que despertaban a los pacientes de todo el Pabellón.
Mi cara se puso como un tomate
podrido. Quise destriparla con las uñas. Darle patadas en la panza de sapo.
Pero no quise parecer un mandril a los ojos de Slava. Y él supo entender mis
remilgos mientras acariciaba sus barbas. Sentí que se humedeció mi entrepierna.
Así es que me alejé de la escena.
II
…Así transcurrieron veinte
larguísimos años encerradas en el Hogar de Veteranos de Guerra. Poblado por
fantasmas y monstruos e infelices borrachos desahuciados. En la vetusta televisora,
se veía al lampiño de Nikita Khrushchev vomitar algún discurso sobre la Unión Soviética. Sobre
misiles balísticos en una isla del mar Caribe. Masha se apuraba la tercera
botella de vodka. Decía entre pedorreos etílicos la siguiente cantinela:
-
Camarada,
arrojad las bombas en manada/ Vamos Nikita: que no quede viva una rata maldita/
Camarada Khrushchev: arrojadlas en desbandada/ Vamos Nikita: que no quede viva
ni un almita/ jua- jua-jua… Camarada, arrojad las bombas en manada.… -¡Cielos! y
así seguía, por horas y horas y horas, mientras eructaba fuego azul y se
rascaba las nalgas llenas de gránulos, como mazorcas bermejas. Yo miraba a
Slava que sonreía como un niño. Lo deseaba. Estaba loca por él.
A veces, a regañadientes y no
sin melindres, nos acompañaba a Slava y a mí a dar paseos entre los raquíticos abedules
de octubre. Nunca había flores. A veces libélulas. O también olía al graznido
de los cuervos en el bosque negro de los arces. Bajo las primeras nieves. Maldecía
de todo. Eructaba y se rascaba el trasero, diciendo que le rascaba el Stalin o
el Anokhin o el Yekaterina… Dejaba escapara vientos gaseosos de sus vísceras.
Quizá por la sopa de col, que, en el boj, servían todas las noches a la cena.
En pesadillas, yo recordaba a
las enfermeras que, de niña, me inyectaban yodo radiactivo. Luego extraían esa
sangre podrida como vampiresas. Y revolaban entre los tubos de ensayo rojos de
aquel laboratorio del viejo y loco Doctor Pyotr Anokhin. Luego veía el rostro
de mi madre sollozar, porque yo le abrazaba y perdonaba haber traído al mundo
una monstruosidad, como mal parió, según decía. No obstante, Masha emergía de
unas sombras pestilentes y clavaba un cuchillo en el pecho de mamá… Yo gritaba;
sin embargo, la carcajada de la otra enceguecía la voz…
Masha se había prensado de la gorda
cocinera del Hogar de Veteranos. Una chechena llamada Lucía. A veces se veían
en el cobertizo. La sebosa encargada de la cocina introducía sus dedos de
salchicha. Con gran puntería justo en el centro de los muslos de la otra. Ella
me obligaba a verlas. Me amenazaba con una navajita que le había robado a un
viejo sin piernas de alguna guerra. A veces en las noches en mi litera, me
tocaba sin pudor. Siempre bajo la amenaza del filo punzante. Siempre olía a
vodka barato. Y últimamente era mucho más grosera con Slava.
Una vez, trató de morderlo
cuando nos sorprendió en amores y toqueteos. Esto porque ya no soportaba más a
Slava fuera de mis carnes. Conseguí alcohol etílico y le di un menjurje endiablado
a Masha. Me dejaría en paz para revolcarme con el cosaco. Mas la otra despertó
de la holganza desalmada que le propiné. Y como una disoluta, por poco nos
acaba a cuchillazos. Le mordió una oreja a él. Arrancó el lóbulo. La comió como
una rata. Estaba como una loba echando babazas pestilentes. Amenazó con
cortarse la garganta si no lo dejaba DE INMEDIAAATO, gritaba como un huracán de
aspavientos y odio.
…Ahora él se ha ido… Pues teme
me haga daño. Creo que le amaba…
III
Han pasado trece meses de
agonía. Cada vez me golpea más sin motivo. Dice que soy su lastre. Su sombra
podrida. Un hongo en el rastrojo plagado de zarzales de su vida. Me grita:
-
¿Y
cuándo te piensas independizar tú, querida camarada Dasha? -me dice mientras le
guiña un ojo a la cocinera del Hogar de Veteranos de Guerra. Yo cayo en
silencio y me trago el sapo de mi alma enferma y putrefacta. Echada a perder.
Como el corazón de un cangrejo herido y picoteado por miles de gaviotas… En el
frío mar báltico de mí mirada yerta como la estepa…
Lucía, el gorila de la cocina,
cada día trae más y más botellas de alcohol mientras gruñe algo así como “te
amo mi arañita”. Me dice ella, la otra, que lo destila en el sótano de su casa,
en los suburbios. Quizá está loca por cómo Masha introduce su lengua por todas
sus carnes fofas y malolientes a ajo rojo.
La última vez, devolví la sopa
verde con algo viscoso, rojo y de un fétido amarillo. Y la otra me abofeteó
como un huracán de celos y rencor. Estaba ebria hasta el tuétano. Lucía le
alienta las golpizas. Afila su cuchillito. Me ha cortado la cabellera con ella.
Nunca debí acceder a que cortara mi melena… Ni usar esta estúpida ropa de
campesino… Como la otra dice. Ordena. Demanda. Golpea. Grita. Roñe. Roe. Corroe
mi alma apestada.
Anoche, mientras se amancebaba
enjumada con Lucía en el corrosivo fregadero, robé su afilada navajita. Por eso
esta noche, cuando a lo lejos aúllan los lobos entre los cipreses, y el viento
de San Petersburgo, en este Hogar de viejos inválidos por las guerras, me
agobia el susurro de un destino que no decidí; sin embargo, sí he decidido
algo: me cortaré la garganta en la yugular.
Y con ello, la otra, mi
hermana gemela, mi maldita siamesa, Masha Krivoshlypoya, con quien comparto las
piernas y el corazón. Mas no la cabeza ni el alma. Ni la conciencia. Ni los
pensamientos. Ni los sentimientos. Por lo tanto, he decidió acabar con tu
execrable vida de mierda, querida hermanita gemela.
Por supuesto, como colofón, en
siete horas, tú, la otra, es decir, yo, también estarás muerta por mis toxinas.
Esas flores malditas que espero adornen nuestra tumba. Y sean el epígono de tu
maloliente alma. Que lleves mi singular susurro al oído eternamente. Como el
eco de una sombra sempiterna. Encadenada a tu cuello para siempre.
FIN
Por:
Víctor Hugo Osorio Céspedes
Santa Isabel de Hungría,
Tolima, Colombia.
Lunes 02 de septiembre de 2024
CRUENTOS DESENCUENTROS Y OTROS CUENTOS AMARGOS
LA
NOCHE ROJA
“La noche envuelve guerreros moribundos y
el salvaje
lamento de sus fragmentadas bocas.
Quieta en el espesor de los sauces
-nube roja
habitada por un dios iracundo-
la sangre es vertida en el frío de la luna”.
George Trakl
Estoy aquí y ahora encerrado en el Panóptico
de Ibagué. Suceden cosas extrañas... Es 31 de octubre de 1963. Sé que moriré…
Cuentan que hace algunos años (el 19 de abril del 1948) cuando asesinaron a
Gaitán en Bogotá, la Violencia se esparció como mar de disentería. Los internos
de esta prisión rompieron todo. Saquearon. Violaron. Vitorearon los enemigos. Mataron
a niñas, mujeres, ancianas, curas, monjitas... No reconocieron banderas rojas o
azules, locos como estaban por el aguardiente. Hurtaron machetes y yataganes
con que relamían la carne sedientos. El Tapa Roja y los Piel Roja
mancharon con ese tono crepuscular la tarde. En esa época tan sólo era un niño.
Oyendo los desmanes de los bandoleros, en Santa-Isabel. Yo quería ser
como ellos. Anhelaba abrir zanjas en los gaznates de mis adversarios. Con el
paso del tiempo, oía las noticias en la radio. Quise unirme a la banda de Sangrenegra.
Eran los años 60. Dejo esto escrito, porque presiento moriré esta noche roja. Como
gallinazos al olisquear cadáveres. ¡Que se pudra el séquito del Monstruo
Laureano Gómez! ¡¡¡ARRIBA EL PARTIDO LIBERAL!!!
Decía
que, desde hace noches, he presentido revoloteos de una sombra por los tejados en
forma de cruz. En éste Panóptico habían estado mi abuelo y tíos antes de 1948. Cuando
reventó la turbamulta en Bogotá. Al Indio, (preso de la celda vecina) algo
le asesinó anoche. Violó y picó a machetazos tres niñas y una mujer. Les hizo pedacitos
“como para hacer tamales… JUAJUAJUAAA…”, decía el bellaco. Tras la matanza, quemó
su chabola. Trató de huir al monte para unirse a la cuadrilla de Desquite y
Chispas. Allí lo rechazaron porque no quiso descuartizar un policía godo que
habían detenido en un retén cerca a Venadillo. Trató de esconderse en Anzoátegui.
Mas fue delatado por su madre. La guardia del Panóptico lo halló exangüe. Tenía
dos pequeños orificios en el gaznate. Apestaba a mierda. Como cuando en
diciembre, mi tío -al que decían Patetarro- destripaba cerdos con un cuchillo
mata-ganado. Transpiraba olor a occiso en la media noche roja y etílica de Navidad.
Estábamos estupefactos… El Indio era un hijo de su ramera madre delatora.
Goda que merecería ser decapitada. Yo le hubiese abierto el vientre. Puesto
allí una gallina negra. Pero en verdad, la expresión de ese bastardo era la de
una calavera atónita de horror.
La
guardia no dice nada. Aterrados por atávicos miedos. Hablan de la misma
maldición que devino tras los disturbios del 48. Cuando mataron al Caudillo y
una nube de muerte se posó sobre este pozo de tristezas, miasmas y
coagulaciones del alma. Murmullan. Gimen. Otros prisioneros antiguos, de esas
épocas, cuentan chismorreos por los pasillos. Hablan de la Dama de negro.
De la hechicera chupasangre que habían visto en los montes de Murillo. Cerca al páramo del cañón del río Totare. Según
cuentan en la prensa, Sangrenegra asesinó a 19 mujeres y niñas. Junto a Tarzán
y el Capitán Venganza. Yo aquí encerrado, cuando debería estar con ellos
haciendo cortes de franela. Sacando la lengua de los niños azules como corbatas.
Haciendo incisiones de guargüeros. Hijos de cachiporras… Mi abuela sí contaba,
que, por los montes, volaba una sombra con forma de gallinazo-murciélago. Una
pava serpenteante. Con ojos chisporroteantes de fuego rojo. A veces, entraba revoloteando.
Luego succionaba la sangre de los bebés. También los llevaba a la maraña. Tras ello,
aparecía el cuerpecito escurrido. Sin ningún signo de vida. Desecados como estropajo
al sol de Ortega. Hablaban de una hechicera con alas de dragón bermejo.
Yo
no creo del todo en esas majaderías. Ni porque aquí en el Panóptico, los godos estén
de rodillas. Con esas camándulas de mojigatos. Rezan cual comadronas de
Antioquia. Habría que abrirles zanjas en los vientres. Llenarlas de piedras y
arrojarlas al río Magdalena. Como hizo antier el Mayor Sangrenegra.
Leía El Espectador. Nulo será todo: que echen encima toda la tropa a los
bandoleros. No los hallarán jamás. Porque ¿Acaso está rezado? ¡MAMOOOLAAA!… Cuentan,
que las ráfagas no lo atraviesan. Porque se convierte en bruma insidiosa. El
Indio tenía velones y altares. Hacía cosas raras. Dicen que fue él quien
invocó esa abyección. Anoche olieron una
chamusquina de sangre podrida. Mariposeaba sobre el techo de cruz de la cárcel.
Que se oían carcajadas de odio y maledicencia.
-
¡Y es que vos, gran guevón, no creés en
las brujas? -decía mi compañero de jaula, un godo recalcitrante y anodino al
que ya le tenía sentenciada una paliza. Quizás, romper su cocotera a
garrotazos. - Ya verás vos cómo esa
bruja hijueputa nos lleva a todos esta noche. ¡Ese debe ser el Hojarasquín
del monte… VIRGEN SANTA!
-
¡Cierra la jeta inmundo Pájaro! Te
mataré maricón. -le dije, entre espumarajos de rabia ocre.
Retumbó
de nuevo esa risa de pajarraco azul que sobrevolaba nuestro presidio. Cuentan era
una especie de sombría ave con cabeza de mujer y alas de chimbilaco. Colmilluda,
de cabellera alba y sinuosa. Ojos de fuego rojo. Piel de batracio o
salamanqueja. Entró a mí celda: la número 13… Se ensañó con el cuello
del execrable godo… El animal abjuraba injurias… Chillaba como un puerco. Me
miró cual basilisco. Voló impávida entre estúpidas carcajadas malolientes… Dijo
que vendría por mi sangre de masón y ateo… Ahora escribo porque sé que esta
noche roja será mi tiempo de morir… Pasa el sol y cae la noche como un pájaro obscuro…
Todos se han encerrado en sus calabozos. Oigo alas de sombra revolotear sobre
el techo del Panóptico… Si baja esa maldita, me cortaré el guargüero. Que se
quede como la Llorona. Bebiendo mi sangre ennegrecida por odio. Coagulada
en la losa fría de este Infierno.
FIN
CRUENTOS DESENCUENTROS Y OTROS CUENTOS AMARGOS
EL CÍRCULO MALDITO
“Como Sade en sus escritos, como Gilles de Rais en sus crímenes, la condesa Báthory alcanzó, más allá de todo límite, el último fondo del desenfreno. Ella es una prueba más de que la libertad absoluta de la criatura humana es horrible”.
La condesa sangrienta
Alejandra Pizarnik
El tiempo es una ilusión. Pasado, presente y futuro no constituyen una línea llana. Es más bien, una suerte de serpiente circunvalar. Lo sé porque he sentido su dentellada. Soy Jacinto Cruz Usma. Otros me llaman Sangrenegra. Aunque en verdad soy Atila, el Huno. Para los romanos: El Azote de Dios… Porque fui, soy y seré el abismo del espacio-tiempo que, como un áspid, se ha envenenado a sí mismo, de forma sempiterna. Soy el horripilante rostro de la libertad humana. Y esta es nuestra historia:
Voy galopando por las llanuras húngaras. El viento sabe a rojo. Sé que desde que soy Rey de los Hunos, he tenido sueños premonitorios. Halcones que caen en picada sobre mis propios ojos. Saborean el color de mis temores. Huele a miedo al despertar. Veo presagios. El Mago de Oriente ha vaticinado que moriré al sur… Bajo la sombra de una cruz de oro.
…Sé que asesiné a esas personas. Me supo a azul su sangre. Soy Sangrenegra y soy el que soy. Almanegra me retó. Disque beber cinco tragos con el corte de franela. Bebí quizá tres litros. Con mi daga, sajé de un tajo el cuello de esa muchachita que gritaba. Y de ahí mi
mote. El imbécil de Lleras Camargo y sus treguas. No dejaremos pájaro con cabeza. Desde el monstruo Laureano Gómez tengo estas pesadillas horribles. Ayer cuando robamos los cerdos al viejo Macario, volvieron las visiones. Me veo en una estepa a caballo, disparando flechas… Que le recen al godo de Rojas Pinilla.
Y ahí estoy otra vez, con estos sueños que no logra comprender el Mago... Sé que hoy asesinaré a mi hermano Bleda… No soporto sus reproches. Y el oro será sólo mío. Mañana cruzaremos el Danubio e invadiremos Roma. Después de las caídas de Naissus y Constantinopla, sé que se rendirán a mis pies. Aunque las visiones regresan, me veo entre bosques, cortando gargantas de gente que exulta plegarias al Dios de Roma. He visto el signo de la cruz… Aunque me llamen el Azote de Dios… Desearía que la humanidad tuviese una sola cabeza: para cortarla de un tajo.
…Y me veo otra vez en sueños. Hoy cruzaremos el río Magdalena. En San Juan de Rio Seco, mataremos a unos pájaros. Ya nos pagaron por ese trabajo. Anoche cuando cerraba los ojos en el cambuche, vi otra vez esas enormes llanuras y un río. ¿Será por esa profesora que ahora mismo violan los muchachos? ¿Qué fue lo que dijo de un tal Atila? Debe ser esa bruja hijueputa que sabe de mi gusto por la sangre… Que vuelo por las noches en forma de niebla. Sabe de mis secretos con el Putas. Cierro los ojos y huelo la putrefacción de un campo de batalla con gentes que no reconozco… Le cortaré el cuello a esa maldita ya mismo. Quitarle ese escapulario y echarlo al río…
De repente me veo degollando a una mujer con el signo de la cruz. Recordé al obispo de aquella catedral en la Galia. Lo decapité entre carcajadas de vino. Su cabeza rodó bajo el altar donde invocan algo. Cuando en los campos cataláunicos nos vencieron los malditos romanos. Quizá esa vez -como siempre- me excedí con el vino. Es una suerte de error que jamás pienso cometer. Cierro los ojos y me veo entre montañas y un río enorme. ¿Es acaso el Rhin que crucé antaño para matar esas tribus? Mi Mago no sabe descifrar estos sueños extraños… Sigo viendo el signo de la cruz en mis pesadillas.
…Tras la masacre huimos a la región de los nevados. Hace un frío de los mil diablos. En medio del insomnio, veo cómo decapito a personas que hablan de formas que no entiendo. Viene a mi mente el sabor de la palabra borgoñeses, que no sé qué quiere decir. Intuyo es
algo malo. A veces me sabe la punta de la lengua a plomo. Ayer cuando pasamos por una finca, les dije:
-O mata a ese culicagado o mira cómo los mato a todos todos.
-Por el amor de Dios, tenga compasión… -dije: tome este cuchillo que estamos de afán. ¡El tiempo vale oro… YA!
El oro de Roma será todo mío. El astrólogo de Oriente me dice que moriré si voy al sur. Y cuando cierro la mirada, veo cerdos podridos, en un hilo de metal con dientes. Los rodean el vuelo de aves negras. Es un presagio. Tras el rito de guerra de hace días en la Galia, corrieron ríos de sangre negra. Mis halcones y caballos tienen miedo de correr y volar. El vino sanará estos temores: más esclavas y vino, Orestes, apresúrate…
… Anoche oí el vuelo de una bruja. Quise convertirme en niebla mas no pude. Necesito más sangre… Desde que asumí el control, tras la muerte de Almanegra, hemos matado a quien se atraviese. En Anzoátegui, en medio de la machetera, vi un río de sangre oscura. Un halcón sobre mi cabeza y siempre a caballo. Lo mismo sucedió en El Líbano, cuando matamos a esa camarilla goda. Y todo se agravó cuando en la vía de Alvarado a estas montañas, asaltamos ese bus de Rápido Tolima y decapité con el azadón a ese maldito policía. Los detesto. Y de un solo ZASSSS rodó esa cabeza. Y vino a mi mente la palabra visigodo, y Naissus y Constantinopla y Roma. Esa última me recordó a la palabra amor; sin embargo, yo de eso no sé nada. Odio los caballos y me veo en uno, galopando por las llanuras húngaras. Quizá sea tanto aguardiente Tapa Roja y éstos Piel Roja que me dañan la cabeza. No sé. Tengo sed de sangre. De venganza. De destrucción y muerte.
Amo a mi caballo. Aunque ayer recibió un flechazo. Morirá. Lo comeremos. La carne cruda ennoblece a mis guerreros. Con sus sillas de arqueros ecuestres, venceremos a los romanos. Bajo los efectos del vino, me veo a los pies de una montaña blanca. Me siento decapitar con un instrumento extraño a un hombre que grita. Tras el alba, empalaremos a los traidores que, de forma maldita, dejaron mis líneas para servir al enemigo. Sufrirán por tres días quizá… Lo cual me recuerda los cerdos putrefactos al aire, comida de gallinazos, que veo de nuevo al cerrar los ojos. La sangre se escurre por mi rostro.
Desquite me contrató para matar unas personas en El Líbano… Fuimos y matamos a esos majaderos. Pero la represalia de los cerdos policías nos dejó sin aliento. Corrimos por las montañas, y por más que me convertí en niebla, una bala me rozó. Mataron a dos o tres, pero regresamos a Santa Isabel de Hungría… A veces, cuando cerraba los ojos para respirar, me veía en una piscina rodeado de mujeres sin ropas. Bebiendo vino entre risotadas… Desearía ahora que huyo, un trago de aguardiente… Y un pucho. Las balas resuenan cerca. Debo correr. Correr. Correr…
Recuerdo a mi hermano Bleda. Le asesiné con una flecha en el bosque negro, cerca al río Danubio. Estas estepas húngaras no son suficientes para dos reyes de los Hunos. Y el oro de Roma será todo mío. Nadie podrá vencer mi veleidoso apetito por la sangre. Ni los deleznables magos de oriente, a quien ordené decapitar, lo harán… Aunque sueñe con esa palabra Cruz Usma, que no tengo la idea de su significado. Ni de Jacinto, que vienen a mi mente entre retortijones, en las noches de vino junto a mis concubinas y esclavas…
Tras esa masacre volví a Santa Isabel de Hungría. Esta vez subimos al páramo. Y en Totarito decapitamos, violamos y quemamos a 19 hijos de puta godos con sus seis bastardos. Ya eso colmó la calma de esas gentes. Y con el coronel Matallana nos arrojaron de granadas al cambuche. Nos pillaron. Nos dieron en la jeta. Por eso me tocó largarme para el Quindío y por los lados de Pereira. Fue cuando recibí un telegrama de Felipe, mi hermano que estaba en El Cairo, por allá en el Valle. Y me ofreció guarida. Y me largué por esos lares. Como entre sueños, me veía rodeado de montañas de monedas de oro. De toneladas de riquezas. Mujeres. Bebidas. Placeres…
Orestes, el romano, me ha dicho que modere la bebida. Es un imprudente. Mas no lo decapitaré. Es mi noche de bodas y la salvación es suya. Mas veo aún rezagos de mis pesadillas. Me veo huyendo de una sombra. De mi pasado… ¿Es el recuerdo amargo de Bleda? ¿Su cabeza parlanchina más allá de la muerte? Merecía morir el maldito…
Ahí está mi hermano Felipe. Ya no reconocía su cara. Llevo mi cartuchera con munición suficiente. Mi carabina y este uniforme de policía que robé. Al tipo al que corté la cabeza con un azadón. Jajajajaja. Por allá en el Tolima. Tierra de cachiporros…Me dice mi hermano que descansemos. Que mañana comeremos un sancocho de gallina. Que tranquilo…
¿Y por qué maté a Bleda? No interesa. Sólo deseo penetrar a mi esposa, oro y vino. Al cerrar los ojos veo que viene corriendo un enorme perro. Estoy herido. Me sale sangre negra por los orificios. El lebrel se ensaña en mi sexo. Me desgarra la carne. Gimoteo. Sufro. Lloro. Llevo una cosa metálica a mi boca. Halo un interruptor. Sale algo que destruye mi cabeza….
…Y mientras descubría la traición de Felipe, corrí por el cañón. Hui de los perros y cuando estaba sobre el río, mis ojos veían a una mujer desnuda aterrada, llorando, en una cama nupcial. Me sentí impotente por los ríos de sangre que manaban por mis fosas nasales. Me ahogaba en mi propia sangre negra, como si fuera el Rey de una tribu de bárbaros abominables. Quizá por eso el tiempo, es una serpiente circular. Es el círculo maldito.
POR: AZATHOTH
SANTA ISABEL DE HUNGRÍA, TOLIMA, 2024
ÁGORA REVISTA DE MINIFICCIONES, NÚMERO 7, AÑO 2024
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CUENTOS ATÓMICOS
TREN FANTASMA
-No deden treparse más.
-¿Por qué mamá?
-Porque es peligroso.
El pequeño hizo caso omiso esa noche.
Ya nunca regresó…
Por:
Víctor Hugo Osorio Céspedes
Santa Isabel, Tolima, 2025.
ÁGORA, REVISTA DE MINIFICCIONES N°8, AÑO 2025
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